La nueva empleada en la farmacia
Me llamo Emilio, tengo 45 años y vivo en Belgrano, un lugar donde cada día es casi igual al anterior. Mi vida es tranquila, compartida con Ana, mi esposa, y nuestros dos hijos adolescentes. Trabajo como contador, pero mi vida dio un giro inesperado gracias a mis visitas a la farmacia "La Salud" para comprar los remedios de mi suegra.
Allí conocí a Miriam, una mujer de 28 años, casada, con una belleza que me cautivó desde el primer momento. Su cabello oscuro y largo enmarcaba un rostro con ojos marrones profundos y una sonrisa que parecía prometer secretos. Medía alrededor de 1.65 metros, con una figura que su bata blanca no podía ocultar: pechos firmes que se adivinaban bajo la tela y una cintura que invitaba a ser tocada.
Mis visitas a la farmacia se convirtieron en algo más que una tarea. Empecé a notar señales de que ella también sentía algo. Sus manos se demoraban al darme los medicamentos, permitiendo que nuestros dedos se encontraran de una manera que no parecía accidental. Su mirada se mantenía un poco más de lo debido, y sus conversaciones siempre terminaban con una nota personal, hablando de su vida, de su soledad a pesar de estar casada.
Nuestra confianza creció poco a poco. Hablábamos de nuestras vidas, de lo que nos faltaba, de los sueños que habíamos dejado atrás. Miriam compartía cómo su esposo, siempre ausente por trabajo, la dejaba con un vacío emocional que intentaba llenar con libros y ahora, parecía, con nuestras conversaciones.
Un día, después de cerrar la farmacia, ella me invitó a pasar detrás del mostrador. La puerta se cerró, y en ese momento, el mundo exterior desapareció. Miriam se acercó, su bata abierta revelando una blusa de seda azul y una falda negra ajustada que apenas cubría sus muslos. Me besó con una intensidad que no esperaba, su lengua explorando la mía, su cuerpo pegado al mío.
La conduje a la pequeña oficina de la parte de atrás, un lugar apenas iluminado por una lámpara de mesa, lleno de cajas y estanterías. Allí, el espacio se convirtió en nuestro refugio. Desabroché su bata, dejándola caer al suelo, y mis manos encontraron su cintura, deslizándose hasta la piel desnuda de su espalda. Ella me empujó contra la pared, su boca buscando la mía con urgencia mientras sus manos desabrochaban mi cinturón.
Miriam se arrodilló frente a mí, sus labios envueltos en una sonrisa pícara antes de tomarme en su boca. La sensación fue abrumadora, su habilidad evidente en cada movimiento, haciéndome gemir sin control. Pero quería más, quería sentirla completa.
La levanté, sentándola en el escritorio, y con un movimiento rápido, le subí la falda hasta la cintura, revelando unas braguitas de encaje negro que pronto fueron apartadas. La penetré allí mismo, con ella elevando sus piernas, envolviéndome con ellas, sus tacones presionando mis muslos. La posición era íntima, casi desesperada; yo de pie entre sus piernas abiertas, ella recostada hacia atrás, apoyada en sus codos, su blusa abierta mostrando su pecho desnudo.
Cada empuje era una exploración de nuestros cuerpos, sus gemidos resonando en la pequeña habitación, mezclándose con mi respiración acelerada. Mis manos se movieron de su cintura a sus pechos, pellizcando suavemente sus pezones erectos mientras la penetraba con más intensidad. Miriam se arqueó, encontrando cada movimiento mío con el suyo, sus uñas clavándose en mi espalda, susurrando mi nombre entre gemidos.
Ese primer encuentro fue como un despertar, una liberación de todo lo que había estado reprimido dentro de mí. Después de ese día, nuestros encuentros se volvieron más frecuentes, más audaces. En mi coche, en el parque, en mi oficina, cada lugar se convertía en nuestro escenario privado.
Aprendimos cada detalle del cuerpo del otro: cómo le gustaba ser tocada, la forma en que sus caderas se movían cuando estaba cerca del climax, las posiciones que la hacían gemir más fuerte. En el parque, la tumbé sobre la hierba, sus piernas sobre mis hombros mientras la penetraba profundamente, sintiendo cada pulso de su cuerpo. En mi oficina, la tomé desde atrás, sus manos sujetando el borde del escritorio mientras nuestras respiraciones se sincronizaban.
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Pero, a pesar de todo este deseo compartido, seguimos con nuestras vidas. Seguimos casados, manteniendo nuestras rutinas diarias, nuestras familias. Sin embargo, cada tanto, buscamos esos momentos robados para estar juntos, para sentir esa pasión que solo compartimos nosotros.
Así, en la quietud de nuestras vidas cotidianas, escribimos nuestra historia, una página a la vez, con la certeza de que, aunque no podemos estar juntos todo el tiempo, estos momentos son nuestros, únicos y eternos.
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